Y llamándolos junto a sí, Jesús les dijo*: Sabéis que los que son reconocidos como gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y que sus grandes ejercen autoridad sobre ellos. Pero entre vosotros no es así, sino que cualquiera de vosotros que desee llegar a ser grande será vuestro servidor, y cualquiera de vosotros que desee ser el primero será siervo de todos. Porque ni aun el Hijo del Hombre vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos. (Marcos 10:42-45 BA)

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La matanza de San Bartolomé - 1572


24 de agosto de 1572. Han pasado más de cuatro siglos; para ser más exactos 439 años, desde esa fatídica noche. La matanza de san Bartolomé marca el epítome de ese terrible periodo conocido como las guerras de religión, que devastaron a Europa entre los siglos XVI y XVII, durante el enfrentamiento entre católicos y protestantes. Sin duda que toda esa época está marcada por una lucha sin sentido, llena de actos vergonzosos tanto de católicos como de protestantes, pero aún dentro de este terrible escenario la matanza de San Bartolomé alcanzó un lugar preeminente, particularmente por lo masivo de las muertes y por el hecho de que la matanza fue ejecutada en tiempos de paz, cuando no había un estado de guerra oficial entre ambos bandos, producto de una conjura secreta de la monarquía y los nobles católicos franceses. 

La noche del 24 de agosto de 1572 se ejecutó un plan cuidadosamente maquinado para acabar con la vida de los principales líderes del movimiento hugonote reunidos en París con motivo de las fiestas de una boda real. Los hugonotes eran calvinistas francesas, esto es, protestantes, disidentes del catolicismo francés, que habían protagonizado ya tres cortas guerras contra el poder real durante los años 1560s para resistir el intento de obligarlos por la fuerza a renunciar a su religión e integrarse al catolicismo oficial imperante en Francia. El noble almirante Gaspar de Coligny era el principal líder de los hugonotes y fue el primero en ser asesinado. Pero París era una caldera que ya llevaba varios días a punto de estallar. La sangre de Coligny fue sólo la chispa que encendió la sed de muerte de una masa humana que se lanzó sobre las casas de todos los hugonotes: hombres, mujeres, ancianos y niños, todos fueron asesinados. La horrible escena se repitió en varias ciudades de Francia y se extendió incluso por varios meses, pues hasta octubre todavía continuaban los asesinatos en algunas regiones del reino. Como siempre ocurre en estos casos, es muy difícil intentar precisar hoy la cantidad de víctimas de esas semanas de orgía mortal. Los historiadores están muy divididos, desde quienes señalan que las muertes podrían rondar los 3.000, hasta quienes hablan de 70.000 o incluso 100.000. La verdad es que sólo Dios sabe cuántos perecieron en la matanza. 

La controversia no sólo ha girado en torno a la cifra total de muertos. La participación de los diferentes actores y responsables también ha sido objeto de una larga polémica. Uno de los protagonistas más conspicuos de estos hechos fue quien a la sazón era la cabeza del catolicismo europeo: Gregorio XIII (1572-1585). Ugo Buoncompagni, miembro de la aristocracia italiana – como casi todos los Papas de la época – iba a ser recordado sobre todo por emprender la reforma del calendario, conocido desde entonces como el calendario gregoriano. Pero los sucesos de la noche de San Bartolomé en París no le fueron ajenos, preocupado como estaba en la campaña internacional por detener el avance del Protestantismo y liderar la contra ofensiva católica que preconizaba el Concilio de Trento. ¿Le cupo participación a Gregorio XIII en la matanza propiamente tal? ¿Cuál fue su involucramiento y conocimiento de tales hechos? Lo que se sabe es que Gregorio XIII, tan pronto supo de la muerte de Coligny y los líderes hugonotes, ordenó una serie de actos para celebrar como un magno suceso la ejecución de los protestantes franceses. Así, celebró un solemne Te Deum en Roma para agradecer a Dios por las muertes de los herejes, acuñó una moneda conmemorativa de este gran evento, envió al rey Carlos IX de Francia una Rosa Dorada (lujosa obra de artesanía bañada en oro) y comisionó al pintor Giorgio Vasari que pintara tres frescos en la Sala Regia de los palacios papales escenificando la ejecución de Coligny y la muerte de los herejes. Tal como lo veía el Papa, la victoria de Lepanto sobre los turcos (el año anterior, 1571) y ahora la eliminación de los hugonotes eran magníficas noticias por las que había que dar públicas muestras de gratitud a Dios. 

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Sobre la soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre en el asunto de la fe

Se puede ver en la historia de la Iglesia que les ha resultado difícil a los cristianos mantener el equilibrio entre estas dos cosas. Por un lado ha habido teólogos, como Zwinglio por ejemplo, que sobre-enfatizaron la soberanía de Dios. Zwinglio afirmó que, ya que el hombre era salvo por la elección soberana y por la gracia de Dios, era posible también ser salvo sin haber creído en Jesucristo. [c1]

Por otro lado, ha habido teólogos que sobre-enfatiza­ron la responsabilidad del hombre, aunque sin negar por completo la gracia de Dios. Así la iglesia católica-romana, los arminianos y los wesleyanos introdujeron el concepto de que el hombre puede resistir la gracia divina, especial­mente la llamada "gracia preveniente". Debemos examinar brevemente estos conceptos a la luz de la Biblia.

El concepto de Zwinglio de que los elegidos pueden ser salvos aun sin tener fe, parece ir en contra del texto en Efesios 2:8 "por gracia sois salvos, por medio de la fe..." Allí nos da a entender que la gracia sí es la causa de nues­tra salvación, pero que la fe es el medio por el cual obra la gracia. Esto se confirma por lo que leemos en Efesios 1:19 "nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza..." Con base en tales textos bíblicos parece incorrecto hacer una distinción entre elección y fe. Estas dos cosas van unidas.

Es propio observar, con relación a este punto, que no se debe exagerar la parte de la fe en la salvación. La causa eficaz de nuestra salvación es la cruz de Cristo. Somos salvos por Cristo:
  • En él fuimos predestinados (Efesios 1:4, 5),
  • por medio de él somos adoptados hijos de Dios (Efesios 1:5),
  • en él tenemos redención, por su sangre, el perdón de pecados (Efesios 1:7).
Un énfasis exagerado en la fe como la "condición" de nuestra sal­vación nos pone en el peligro de mirar la fe como una obra necesaria. El fundamento de la salvación no es la fe sino Cristo mismo, quien dijo "nadie viene al Padre, sino por mí" (Juan 14:6). Fuera de Cristo no hay sal­vación.

En cuanto a la fe, es posible afirmar, por vía nega­tiva, que los que rehúsan creer en Cristo, definitivamen­te están condenados: "el que no cree, ya ha sido conde­nado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios" (Juan 3:18).

El concepto de la "gracia preveniente" que encon­tramos en la iglesia católica-romana,[c2] en Jacobo Armi­nio[c3] y en Juan Wesley[c4] afirma que el hombre se sal­va por la gracia de Dios, pero que esta gracia, que co­mienza, promueve y acaba la obra de la salvación, puede ser resistida por el hombre. El término "gracia preve­niente" tiene diferentes significados, de acuerdo al teó­logo que lo utilice.

En el debate entre Agustín y Pelagio, parece que ambos utilizaban el término. Para Agustín significaba la gracia salvadora que obra en el hombre aun antes de su regeneración, para hacer que quiera ser salvo.[c5] Parece que para Pelagio esta gracia preveniente era práctica­mente lo mismo que el libre albedrío,[c6] que Dios había dado a todos los hombres y por medio del cual puede el hombre obedecer la voluntad de Dios.

Tanto el Concilio de Trento como Jacobo Arminio se identifican más con Agustín, pero afirman que esta gracia no es irresistible. Es posible para el hombre ir en contra de esta gracia. El hombre se salva cuando permite que la gracia opere en él. Juan Wesley habla de la gracia en términos semejan­tes, diciendo también que la salvación se debe a la gracia de Dios, pero que el hombre puede resistir esta gracia. Al mismo tiempo identifica la gracia preveniente o "preven­tiva" con la conciencia del hombre. De allí se ha dado el concepto de que la gracia de Dios obra de igual manera sobre todos los hombres, pero son apenas los que no resis­ten a la gracia, los que se salvan. También se ha identifica­do la gracia con una capacidad de parte del hombre para responder en forma positiva o negativa al Evangelio.

Tanto para Arminio como para Wesley, este argumen­to era importante para salvaguardar el libre albedrío y la justicia de Dios. Si la gracia de Dios opera en el hombre en una forma irresistible, entonces el hombre se salva" a la fuerza". Si el hombre se salva así "a la fuerza", en­tonces los que no se salvan no pueden ser culpables por su perdición, ya que no les era siquiera posible salvarse.

Los textos que ya hemos estudiado (por ejemplo Efesios 1:19; 2:8, 9; Filipenses 1:29; 2:12, 13) parecen indicar que nuestra salvación se debe directamente a la gracia de Dios. Si decimos que nuestra salvación se reali­za apenas cuando no resistimos a la gracia de Dios, esta­mos otra vez diciendo que la responsabilidad por nues­tra salvación, en última instancia, es nuestra, aunque en forma negativa. La diferencia entre el que se salva y el que no se salva no es la gracia de Dios, sino la acción del hombre mismo.

Los wesleyanos y arminianos dirían que se trata apenas de un elemento muy pequeño en la salvación. El 'no resistir' del hombre que se salva es muy insigni­ficante en comparación con la obra de la gracia en él. Sin embargo, este 'no resistir' del hombre, ya cobra más importancia cuando nos damos cuenta que allí está toda la diferencia entre salvación y perdición. Además, los arminianos y wesleyanos afirman que es posible para el hombre perder la salvación. Esto quiere decir que el 'no resistir' es una acción que debe ser permanente en la vida del hombre, una acción que en todo momen­to implica vida o perdición para el hombre. Ya no resulta ser un elemento tan 'pequeño'.

Tal vez exageramos el asunto, pero queremos enfatizar que el factor decisivo en la salvación llega a ser la acción, y la actitud del hombre. La diferencia entre el que se salva y el que se pierde, no es la gracia de Dios, sino la acción del hombre. Parece difícil reconciliar esto con nuestro texto en Efesios 2:8, 9.

Tanto en el argumento de Arminio como en el ar­gumento de Wesley, el libre albedrío juega un papel importante. Este concepto del libre albedrío es un con­cepto que no encontramos en la Biblia. Allá vemos que la libertad es más bien el resultado de la salvación (Juan 8:32, 36) en vez de pertenecer a la condición natural del hombre caído. Lo que sí vemos en la Biblia (y es de allí que tanto Arminio como Wesley deducen el libre albedrío) es que el hombre es responsable. Es cierto que el hombre frente a las demandas de su conciencia, frente a los mandamientos de la ley de Dios y frente a la invitación del Evangelio, es responsable. Lo que no es evidente es que todo hombre puede responder en forma positiva o negativa a la invitación del Evangelio y que tal respuesta depende del libre albedrío del hom­bre.

Una vez más afirmamos la imposibilidad de reconci­liar los diferentes conceptos bíblicos en un sistema lógico.

  • Por un lado hemos visto claramente que la salvación es por gracia, que Dios por su Espíritu le da fe al hombre y que la salvación no se debe en ninguna parte al hombre mismo. 
  • Por otro lado, se le manda al hombre arrepentirse y creer en el Evangelio, se deja muy en claro que si el hombre se pierde es por no haber creído el Evangelio. 

Hemos de afirmar ambas cosas, por más que parecen irreconciliables, porque si negamos la primera parte (la gracia irre­sistible) la salvación llega a ser condicional, y si negárnos­la segunda parte (la responsabilidad del hombre) Dios llega a ser la causa de la perdición de los que no aceptan el Evangelio.

Debemos observar también el peligro contra el cual advierten Arminio y Wesley. Para ellos la doctrina de la gracia irresistible lleva inevitablemente, sea a la compla­cencia, sea al desespero. 

  • Algunos dirán que no se van a preocupar por la salvación, porque, si es la voluntad de Dios salvarlos, los va a salvar de todos modos. 
  • Otros dirán que sus dudas y problemas indican que Dios no está obrando en ellos por su gracia y se desesperan por no estar entre los elegidos de Dios.

Ya hemos observado antes que el hombre no puede ni debe tratar de adivinar lo que Dios ha determinado por su voluntad. En ninguna parte de la Biblia nos invita a fun­damentar nuestra acción en la voluntad secreta de Dios. La Biblia nos manda hacer las cosas, porque tenemos una responsabilidad ante Dios. Y al hacer lo que Dios nos manda hacer, tenemos la consolación de que nuestro éxito no depende de los esfuerzos nuestros sino de Dios quien obra "todas las cosas según el designio de su voluntad" (Efesios 1:11).

En Filipenses 2:12, 13 vemos una exhortación de Pablo a los filipenses para esforzarse "con temor y tem­blor" en cuanto a su salvación. Es evidente que apela a la misma responsabilidad a los esfuerzos propios de ellos. Sin embargo, apoya esta exhortación con la afirmación de que es Dios quien produce en ellos tanto el querer como el hacer. Los detractores de esta doctrina quieren decir exactamente lo contrario: "No os preocupéis de vuestra salvación, porque Dios es el que produce en voso­tros así el querer como el hacer, por su buena voluntad". Admitimos que esto suena mucho más lógico, pero no es lo que Pablo dice.

En cuanto al peligro de desespero, podemos citar la observación de Lutero en su comentario en Romanos[c7] donde dice que la misma ansiedad de la persona debe serle causa de confianza para con Dios, por la promesa en Salmo 51:17 "Los sacrificios de Dios son el espíritu quebran­tado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios". La misma ansiedad es un indicio de la ope­ración del Espíritu. El hombre natural, en el camino para el infierno, no se preocupa por la predestinación de Dios.


NOTAS:

[c1]  Ulrico Zwinglio Del Pecado Original citado en W.P. Stephen The Theology oí Huldrych Zwing/i (Oxford, Clarendon, 1986) pág. 99.
[c2]  Concilio de Trento, Decreto de la Justificación, Cap. V en H.J. Schroeder The Canons and Decrees of the Council of Trent (Rockford, Tan, 1978) págs. 31, 32. R. Seeberg, Manual de Historia de las Doctrinas (El Paso, Casa Bautista de Publicaciones, 1965). Tomo 11 pág. 421.
[c3]  J. Nichols y W.R. Bagnall (eds). The Writings of James Arminius  (Grand Rapids, Baker, 1977) Tomo II págs. 472, 473.
[c4]  Juan Wesley, The Scripture Way of Salvation, I. 2 en A.C. Outler, ob. cit. pág. 273. También en Juan Wesley Predestination Cap. 79ss. en A.C. Ouller, ob. cit. págs. 468ss.
[c5]  Agustín, Enchiridion, Cap. 32 en P. Schaff (ed). The Nicene and Post-Nicene Fathers (Grand Rapids, Eerdmans, 1978) First Series, Tomo III pág. 248.
[c6]  Agustín, De Gestis Pelagii, Cap. 22 en P. Schaff. Ob. Cit. Tomo V págs. 192, 193.
[c7]  Martín Lutero, Comentario en Romanos, Romanos 8:28-39, III en W, Pauck (ed). Luther: Lectures on Romans (Philadelphia, Westminster Press, 1961) págs. 254,255.


Donner, Theo. La soberanía de Dios y la responsabilidad del hombre. SBC, 1987.

Catolicismo protestante y protestantismo católico

La lamentable ignorancia de algunos sectores históricamente relacionados con la Reforma del siglo XVI, aunque esa relación sea tan sólo de forma periférica, nos ha conducido, o así lo pretenden sus protagonistas, a despreciar el término protestante, una vez que esos mismos sectores hubieron hecho renuncia expresa de la denominación de católicos que, por otra parte, tan querida les resultaba a reformadores como Melanchton, quien decía: “Todos nosotros tenemos que ser católicos”...


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Catolicismo protestante y protestantismo católico

Juan Calvino (1509-1564)

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Martín Lutero

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La Reforma

Creo que la Reforma realmente comenzó el día en que Martín Lutero oraba por el significado de las palabras de Pablo en Romanos 1:17: «Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá». Al igual que muchos cristianos de hoy día, Lutero pasaba sus noches reflexionando sobre la pregunta esencial: 
  • ¿Cómo puede llamarse el evangelio de Jesucristo la «Buena Nueva», si Dios es un juez justo que recompensa al bueno y castiga al malvado? 
  • ¿Es que hizo falta que viniera Jesús para revelar este mensaje aterrador? 
  • ¿Cómo puede llamarse la revelación de Dios en Cristo «nueva» si el Antiguo Testamento habla de lo mismo, o «buena» si tenemos la amenaza del castigo que como nube negra pende encima de nuestras cabezas sobre el valle de la historia?
Sin embargo, como observa Jaroslav Pelikan: 
«Lutero repentinamente irrumpió en la comprensión de que la "rectitud de Dios" de la que Pablo habla en este pasaje no era la rectitud mediante la cual Dios es recto en sí mismo (esto sería una rectitud pasiva, nada más), sino la rectitud mediante la cual, por Jesucristo, Dios hizo rectos a los pecadores (esto es, una rectitud activa) al perdonar el pecado en justificación. Cuando descubrió esto, Lutero dijo sentir que las puertas del paraíso se abrían ante él». 
¡Una verdad realmente impactante!

Una exhortación a todos los queridos cristianos en Livonia junto con sus pastores y predicadores... - Martín Lutero

Debemos dar gracias a Dios el Padre de toda misericordia en gran medida y en todo tiempo por ustedes, queridos señores y amigos, que según las riquezas insondables de su gracia les ha traído al tesoro de su palabra, en la cual poseen el conocimiento de su querido Hijo, una prenda segura de la vida y la salvación que les espera en el cielo y que ha preparado para todos los que perseveran firmes en la verdadera fe y el amor ferviente hasta el fin — así como esperamos y oramos que el Padre de misericordia los preserve a ustedes y a nosotros, nos perfeccione con la misma actitud, conforme a la semejanza de su querido Hijo, Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Sin embargo, he oído de testigos confiables que han surgido facciones y desunión entre ustedes, porque algunos de sus predicadores no enseñan ni actúan con unidad, sino cada uno sigue su propio sentido y juicio. Y casi lo creo, porque tenemos que recordar que no será mejor con nosotros de lo que fue con los corintios y otros cristianos en el tiempo de Pablo, cuando surgieron divisiones y disensiones entre el pueblo de Cristo. Así como San Pablo mismo reconoce y dice: "Porque es preciso que entre vosotros haya disensiones, para que se hagan manifiestos entre vosotros los que son aprobados." (1 Cor. 11:19). Porque Satanás no se contenta con ser el príncipe y el dios de este mundo, sino también quiere serlo entre los hijos de Dios, Job 1, y "como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar" (1 Ped. 5:8).

Acerca del orden del culto público - Martín Lutero 1523

El servicio que ahora está en uso común en todas partes se remonta a los comienzos cristianos genuinos, al igual como el oficio de la predicación. Pero así como éste ha sido pervertido por los tiranos espirituales, así aquél ha sido corrompido por los hipócritas. Del mismo modo que no abolimos por esa causa el oficio de la predicación, sino buscamos restaurarlo otra vez a su lugar correcto y propio, tampoco es nuestra intención eliminar el culto, sido restaurarlo otra vez a su uso debido.

Tres serios abusos se han introducido en el culto. Primero, se ha silenciada la palabra de Dios, y sólo quedan la lectura y el canto en las iglesias, lo cual es el peor abuso. Segundo, cuando quedó en silencio la palabra de Dios se introdujeron tal multitud de fábulas y mentiras no cristianas, en leyendas, himnos y sermones que es algo horrible contemplar. Tercero, tal culto divino se convirtió en una obra por la cual se podía ganar la gracia de Dios y la salvación. Como resultado, desapareció la fe y todos se esforzaban por entrar en el sacerdocio, los conventos y los monasterios, y edificar y dotar iglesias.

El mundo en la época de la Reforma

Al final del siglo XV se abren muchas páginas nuevas en la historia del progreso del mundo. El mundo mismo se había ensanchado repetidamente. El descubrimiento de América por Cristóbal Colón, en 1492, no sólo había dado nuevas visiones de aventuras y descubrimientos. El año de 1497 fue señalado por los nuevos descubrimientos de Cabot en la América del Norte y por el viaje de Vasco de Gama, que dobló por primera vez el Cabo de Buena Esperanza, poniendo a Europa en contacto con todo el misterio y la riqueza de la India.

La imprenta, inventada por Gutenberg en Alemania, había sido introducida en Inglaterra en 1476 por William Caxton, y establecida en la Sorbona de París por Luis XI. Viniendo así, después de la toma de Constantinopla por los turcos y de la caída del Imperio Bizantino, ayudó a la difusión de la literatura griega y latina por toda Europa y contribuyó al gran despertamiento del pensamiento europeo.

El poder político se trasladaba también de las naciones orientales de Europa a las occidentales. Venecia, Florencia, Genova, veían desvanecerse gradualmente su vasta influencia. España, Francia e Inglaterra se habían hecho grandes naciones. Por aquella época al menos, los Estados republicanos, tanto del Norte como del Sur, cedían el paso a los monárquicos.

Del exilio a la luz

Aunque 1569 y 1602 fueron años de regocijo, pues era la primera vez que se tenía la Biblia completa traducida al castellano, para Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera también significó la persecución. En aquellos tiempos, la traducción bíblica era algo peligroso.

Ambos monjes eran parte del monasterio de San Isidoro del Campo y compañeros de fe, pero su apego a la lectura e interpretación de la Biblia, los obligó a huir de España, donde se habían puesto precio a sus cabezas. La huída provocó que, tiempo después, sus esfinges fueran quemadas en la hoguera, así como todos sus escritos, entre ellos la traducción y revisión de las Sagradas Escrituras, que fueron incluidas en el llamado «Índice de los Libros Prohibidos».

En su angustioso periplo, ambos religiosos llegaron, por fin, a Ginebra, donde los esperaba otro escritor español y también perseguido, Juan Pérez de Pineda. Sin embargo, lo que Casiodoro vio en esta ciudad no le agradó, pues los creyentes refugiados pasaban por tribulaciones, además de la condena a muerte de Miguel Servet, y la rigidez religiosa.

El Catecismo de Heidelberg

Zacarias Ursino.
Gaspar Oleviano.
Felire. 1563(1993 4ed.). 64p.

El Catecismo de Heidelberg celebra en el año 1963 el 400 aniversario de su publicación. Apareció por primera vez en el año 1563 en alemán por iniciativa de Federico III, príncipe elector del Palatinado. A partir de entonces se ha utilizado como libro de enseñanza en las iglesias reformadas de muchos países del mundo.

Es por ello de sumo interés el que pueda aparecer ahora de nuevo en su IV centenario en español; y además en una edición cotejada con el original alemán y con la traducción latina y que incluye también los textos de las Sagradas Escrituras, sobre las cuales está fundamentada la doctrina de las iglesias reformadas.

Desde la aparición de este manual muchas generaciones han aprendido en él, por la gracia de Dios, la doctrina de la Verdad de los apóstoles y profetas. El Señor se preparó para Sí, en muchos lugares, un pueblo dócil, dispuesto a seguir Su llamamiento: "Tu pueblo se te ofrecerá voluntaria­mente en el día de tu poder" para pelear la batalla de la verdad. (Salmo 110:3).

En numerosas iglesias se predica todavía la Palabra de Dios todos los domingos de acuerdo con los párrafos dominicales de este Catecismo. El propósito original era que todo el libro se explicase en las predicaciones en el período de un año. De ahí su distribución en 52 Domingos. El Catecismo debe utilizarse para educar a la juventud de la iglesia, formando así para el futuro hombres y mujeres que conozcan y amen al Señor según las Escrituras, para que también el pueblo de Dios en España esté firme como columna y baluarte de la verdad (1 Tim. 3:15). Deseamos que esta edición pueda servir para ello.

Breve Instrucción Cristiana - Juan Calvino

Felire. 1537(1990 3ed.). 47p.

Después de haberse visto obligado a permanecer en Ginebra en septiembre de 1536, Calvino creyó que la enseñanza de la fe reformada necesitaba un breve tratado accesible a todos, que sirviera de catecismo para toda la Iglesia.

Durante el invierno de 1536-1537, él mismo redactó en francés, la "Breve Instrucción Cristiana" que nos honramos en reeditar hoy. [Con el título de ''Instrucción y Confesión de Fe, que usa la Iglesia de Ginebra (impreso por Vigand Koeln), traducido posteriormente al latín por el mismo Calvino. Un ejemplar, único sin duda, fue descubierto por M. Henri Bordier, en el volumen 940 de la colección Du Puy, en la Biblioteca Nacional de París, cuyo texto fue de nuevo impreso en 1878, bajo el título: "El Catecismo francés de Calvino publicado en 1537. Reimpreso por primera vez según un ejemplar descubierto recientemente y seguido de la más antigua confesión de fe de la Iglesia de Ginebra". Con dos notas por Albert Rilliet y Théophile Dufour. Ginebra, H. Geore, Editor 1878 Imprenta de J. G. Fick]

Se trata de un resumen de su primera "Institución Cristiana", publicada en el mes de marzo de 1536, y en la cual encontramos literalmente traducidos al francés muchísimos párrafos de la "Institución". Esta "breve instrucción" fue sustituida en 1542 por un catecismo, ideado conforme a un nuevo plan y redactado en forma de preguntas y respuestas, que se convirtió en el Catecismo de las Iglesias reformadas valonas de los Países Bajos.