¿Qué sucede con el ser cristiano al cruzar el año 300 e iniciarse el siglo IV d.C.? La situación externa no había cambiado gran cosa; los enemigos externos aún estaban en el poder, y el ser cristiano implicaba todavía la posibilidad de ser llamado ante los tribunales a abjurar de la fe o mantenerse firme a costa de lo que fuere. Si bien esta situación cambiaría en pocos años, seguramente nadie preveía ese cambio cuando en los primeros años de dicho siglo Diocleciano, cabeza de una tretarquía gobernante que procuraba estabilizar el tambaleante imperio, lanzó la más feroz de todas las persecuciones, que llevaría a una enorme tumba común a multitud de cristianos en todos los rincones del imperio.
La razón de esta persecución fue la negativa del cristianismo a entrar, junto al resto de las religiones del imperio (excepto los judíos), en la sincretista fórmula religiosa representada por el monoteísmo solar, novedad religiosa de Roma de fines del siglo III, con la que se procuraba fortalecer el poder imperial. Como había sucedido previamente con Decio, quién quiso llevar el espíritu religioso del imperio de regreso a los antiguos dioses de Roma, una idea que parecía buena para la “seguridad nacional” choca de frente con una ideología religiosa exclusivista. Desde sus principios, el cristianismo exigió adhesión total; durante los primeros trescientos años, los cristianos tuvieron presentes las enseñanzas de Cristo y los apóstoles.